Venezuela, Colombia y Perú son tres países que recientemente han sufrido el impacto de terremotos de gran magnitud. Los videos que muestran personas poniéndose a salvo gracias a las alertas de Google han dado la vuelta al mundo y han generado un gran debate sobre el funcionamiento y el alcance de las tecnologías aplicadas a la detección de terremotos.
Gracias a la enorme cantidad y diversidad de mediciones disponibles en tiempo real, desde sismógrafos y satélites hasta sensores térmicos y dispositivos móviles, la inteligencia artificial se ha convertido en una de las herramientas con mayor potencial para optimizar la gestión de emergencias.
Sin embargo, Raúl Reyero Díez, Coordinador de la Maestría en Big Data y Ciencia de Datos de la Universidad Internacional de Valencia – VIU, perteneciente a la red de educación superior Planeta Formación y Universidades, aclara que “si bien otros fenómenos naturales como los huracanes pueden ser alertados con días de antelación, un terremoto solo puede ser captado segundos antes, pues, técnicamente, los sistemas no hacen ‘predicciones’”.
El término ‘predicción’ se utiliza con frecuencia en los medios e incluso en algunos artículos científicos, pero técnicamente, explica Reyero, “generalmente se habla de modelos probabilísticos que estiman riesgos y posibles escenarios, no de oráculos”. El experto alerta, además, de los riesgos de presentar como certezas resultados que únicamente son probabilísticos: “Presentar como seguro algo que únicamente es probable y luego no ocurre puede hacer que la siguiente alerta se tome menos en serio”.
Un ejemplo claro de detección rápida, y no de predicción previa, es el Sistema de Alertas de Terremotos de Android de Google. Según explica el docente, este mecanismo convierte los acelerómetros de los teléfonos en una red distribuida de pequeños sismógrafos que, al registrar movimientos simultáneos en una misma zona, permiten confirmar un sismo y enviar una alerta masiva. Esta notificación puede viajar más rápido que las propias ondas sísmicas, otorgando a las personas segundos fundamentales para ponerse a cubierto o activar protocolos automáticos.
“En este caso, la IA no predice el terremoto antes de que comience, sino que lo detecta con rapidez y aprovecha que la información transmitida por las redes de telecomunicaciones puede llegar antes incluso que las ondas sísmicas más dañinas”, detalla. “El margen puede ser muy pequeño, especialmente cerca del epicentro, pero unos segundos permiten alejarse de una ventana, ponerse a cubierto o, en instalaciones preparadas para ello, activar protocolos automáticos de emergencia”.
No obstante, si la población y entidades gubernamentales no tienen trazados planes de preparación ante estas emergencias, la tecnología es en vano. Esos segundos de ventaja al recibir una alerta se pierden si las personas no saben cómo reaccionar o si los mensajes emitidos por las plataformas digitales son ambiguos o difíciles de interpretar.
“Los ciudadanos forman parte del sistema, pero no deberían cargar con toda la responsabilidad.”, advierte. “Sus teléfonos pueden aportar señales y recibir avisos, pero una alerta eficaz exige protocolos públicos claros, coordinación, accesibilidad y educación. La tecnología puede ganar segundos; para que esos segundos salven vidas, alguien debe haber pensado de antemano qué hacemos con ellos”.
La integración de la Inteligencia Artificial en las políticas públicas de gestión del riesgo debe avanzar de forma paralela a las campañas de formación y a los planes de contingencia de los países.
El criterio y la capacidad de actuación humana siguen siendo fundamentales para que la implementación tecnológica sea realmente eficaz y esos segundos de ventaja puedan convertirse en vidas salvadas.



