El constante debate sobre el uso de celulares en adolescentes suele centrarse en cuántas horas pasan frente a la pantalla.
Sin embargo, ese enfoque no es suficiente, ya que hoy el problema es más complejo: los chicos no solo consumen más contenido, sino que están expuestos a materiales creados con inteligencia artificial que pueden distorsionar su percepción de la realidad.
Este tipo de contenido circula de forma masiva en redes sociales y plataformas de entretenimiento, sin que los usuarios (especialmente adolescentes) puedan distinguir si es real o no.
En el caso peruano, el contexto es especialmente sensible: según los resultados de la Encuesta Nacional de Hogares (ENAHO), el 90,2% de niños y adolescentes accede a internet a través del celular, lo que convierte al smartphone en su principal puerta de entrada al entorno digital.
“Lo crítico no es solo que existan estos contenidos, sino su normalización. Al estar expuestos constantemente a este material, los adolescentes comienzan a asumirlo como parte natural de su entorno digital”.
“Esto reduce su capacidad de cuestionar lo que ven y abre la puerta a escenarios más peligrosos: desde engaños simples hasta fraudes más elaborados, como audios falsos que imitan la voz de un familiar o videos que aparentan situaciones urgentes para generar una reacción inmediata”, señala Víctor Gutiérrez, especialista en seguridad digital de Intecnia Corp, country partner de Bitdefender.
Además, el efecto de los deepfakes no es solo inmediato. Con el tiempo, generan un hábito: dejar de cuestionar. Esto afecta directamente la forma en la que procesan la información, deciden y reaccionan ante situaciones inesperadas.
En este escenario, la solución no pasa por prohibir el uso del celular, sino por acompañar y formar criterio. Algunas acciones concretas pueden marcar la diferencia:
- Reglas claras sobre contenido, no solo sobre tiempo: Definir qué tipo de contenido está permitido y cuál no. No todo lo viral es inofensivo. Limitar activamente la exposición a cuentas que difunden deepfakes o contenido engañoso.
- Entrenar el pensamiento crítico de forma práctica: No es suficiente advertir. Es clave enseñar a identificar señales como un hábito cotidiano: incoherencias en rostros, audios con entonación artificial, mensajes que apelan a urgencia o miedo.
- Validar siempre antes de reaccionar: Implementar una regla básica en casa: ningún mensaje urgente (audios, videos, pedidos de dinero) se responde sin una segunda verificación por otro canal. Esto reduce drásticamente el riesgo de fraude.
- Reducir la exposición de datos personales: Audios, fotos y videos familiares pueden ser utilizados para entrenar herramientas de suplantación. Limitar lo que se comparte públicamente es prevención.
- Acompañamiento activo, no vigilancia pasiva: Más que revisar, se trata de entender qué consumen. Conversaciones frecuentes sobre lo que ven en redes permiten detectar riesgos antes de que escalen.
- Incorporar herramientas de protección digital: Filtros de contenido, control parental y soluciones de ciberseguridad como las de Bitdefender ayudan a bloquear amenazas antes de que lleguen. No sustituyen la educación, pero la refuerzan.
- Simular escenarios de riesgo: Preparar a los adolescentes con ejemplos reales: ¿qué harías si recibes un audio de un familiar pidiendo ayuda urgente? Este tipo de ejercicios mejora la reacción ante situaciones reales.
“El foco no debería estar únicamente en reducir el tiempo frente a la pantalla, sino en entender qué tipo de contenido están consumiendo los adolescentes. Hoy, la inteligencia artificial puede hacer que lo falso parezca completamente real.
Debemos tener en cuenta que estamos frente a una generación que crece en un entorno donde la línea entre lo auténtico y lo manipulado es cada vez más difusa. Por eso, desarrollar pensamiento crítico ya no es opcional, es una necesidad”, culminó el especialista.



